La pretensión de encontrar indicios del
“sexto sentido” en los enclaves trogloditas del Perigord
Negro parecía abocada
al fracaso. Tras dos estériles jornadas visitando yacimientos prehistóricos y
escudriñando las manifestaciones artísticas de los primeros europeos, decidimos
tomarnos un respiro.
La visita al Lascaux de
cartón-piedra no reportó la recompensa esperada. La meritoria reproducción de
la capilla
sixtina rupestre obviaba
demasiados elementos y, en su controlada asepsia, impedía sentir como un
auténtico sapiens.
La sorpresa vino más tarde. Buscando un
destino ligero, topamos con el conjunto de Roc de Gazèle. Un recorrido por dioramas
gigantes que reproducen la vida cotidiana de sus pobladores neolíticos.
Entre la vegetación y los abrigos calcáreos zigzagueaban escenas dedicadas a la
caza, al curtido de pieles o a la preparación
de alimentos. El misterio de las hieráticas figuras y el tamborileo monótono de
una melodía étnica que disipaban camuflados altavoces se fusionaba con los
susurros del bosque. La brisa, que
extraía notas lejanas de las cavidades que horadan el terreno, nos acercaba al
trance mágico de los chamanes.
Los innumerables estímulos procedentes del
entorno se sucedían a modo de flash-backs abrumando al visitante. Percepciones
inconexas despertaban instintos anclados
en profundas regiones de la mente y afloraban a modo de escalofrío existencial.
El miedo, la angustia y otras emociones indescriptibles nos envolvían. Cruces de miradas etéreas, inaudibles rumores
y una penetrante humedad cargada de
esencias extrañas fueron los detonantes de un prematuro abandono.
La imposibilidad de hacer encajar
coherentemente las piezas de este intrincado puzle nos abrió las puertas a una
especulación inesperada. La desorientación que experimentamos nos despojó de la
acostumbrada linealidad de la conciencia, avivando el interés por un tema
cargado de atávicas connotaciones.
¿Es posible viajar en el tiempo? Desde luego,
no es la pregunta del millón, pero sí una apuesta arriesgada para quien la
formula abiertamente. Gracias a los aceleradores de partículas, la
ciencia ha demostrado que los neutrinos se desplazan a mayor
velocidad que la luz poniendo en entredicho los monolíticos postulados de Einstein.
En Gobekli y Tepe ignoramos qué significa exactamente este hecho, pero intuimos
sus extraordinarias repercusiones futuras.
El sueño de una materia nómada pululando
caprichosamente por las coordenadas del espacio y el tiempo parece, de esta
manera, despertar a una realidad accesible.
Se dice que los adelantados científicos de Hitler,
bajo una supuesta supervisión extraterrestre, ya lo consiguieron. Quizá fue esa
tecnología ultra secreta la que permitió a algunos evitar el patíbulo en Nuremberg.
La regresión hipnótica a vidas
pasadas, una técnica psicológica desarrollada por Raymond Moody hace un
par de décadas, prometía superar desajustes emocionales anclados en traumas de
remotas existencias. La vanguardia de la Nueva Era, mediante el
controvertido método del viaje astral, los sueños
lúcidos o el peyote de Castaneda, algunos terapeutas y un
número mayor de charlatanes, popularizó una vía de acceso al inconsciente que,
a medio plazo, aportó más decepciones que beneficios.
Sin embargo, el propósito de nuestra
reflexión no se centra en los progresos del conocimiento cuántico o en sus
implicaciones metafísicas. Tampoco ahondaremos en las leyendas urbanas
vinculadas al esoterismo nazi ni en las propiedades de algunos
alcaloides.




